Néstor Mendoza



 

I

 

Quedamos abiertos

desde la culpa

hasta la boca.

 

Un detonar de ojos en este epitafio

para descansar al lado del otro. 

 

La gran vara no puede medirnos,

somos la altura del árbol no descubierto.  

 

 

 

PODÁLICO

                  a  Griselda

 

Estoy tan a gusto 

nadando este líquido

prestado por mi madre.

 

A mi lado crece mi hermana.

Una misma bolsa

un mismo cordón

para ahorcarnos en esta complicidad.

Mi corazón aún está crudo,

el de mi hermana palpita su sangre

mejor que la mía.

Dios - o tal vez alguien más-

quiso que su frente mirara de cerca

el pubis de mi madre, y yo, el hígado.

Mi acompañante posee

ojos diferentes a los míos;

una mejor espina para su carne,

menos sal en sus lágrimas.

 

En este saco compartido,

mirándole los pies,

saboreo el agua que nos penetra

por el ombligo.

 

 

 

CIMA VS SIMA

 

Una simple letra determina

la profundidad;

que ascendamos libremente

rumbo al azul de dios

o que seamos transeúntes

del fuego.

Una simple consonante,

al parecer inofensiva

nos ama en el descenso

y nos odia en el suelo.

C-I-M-A:

Allí se acumulan las nubes

en el octavo piso,

allí los besos están compuestos

-al igual que dios-

de oxígeno, nitrógeno y argón.

S-I-M-A:

Allá cada quien es dueño

de su infarto.

Despeñaderos, caídas libres,

acantilados, barrancos, edificios.

Es maravilloso el silencio

mientras caemos,

allá el asfalto es líquido

y nadamos.

 

 

 

 MUERTE

 

Cada músculo aprende

desde la infancia su descomposición.

 

Entre cada tejido la lombriz

hace su trabajo:

alimenta hasta engordar la carne

para estar a punto el día del festín.

 

Muerte tras muerte, de manera sucesiva,

la lombriz prepara lo que será una gran cicatriz.

Herida y sutura aparecen al mismo tiempo.

-No se oponen, son hermanas-

 

Es, sin duda, una hermosa lombriz sin cola,

ondulante.

Se parece a mí, pero no tiene miedo.

Cuando lloramos, es ella quien dictamina la sal.

 

No somos más que un débil saco

de sangre y huesos.

Un parpadeo, un orgasmo.

Y esa lombriz lo sabe.

Es muy puntual, llega antes de las 7:00 a.m.

Saluda amablemente a la carne que pudrirá.

 

 

 

PADRE                                   

                                     a Néstor Antonio

 

Padre, todos los días encuentro

piedras pulidas con tu nombre en mi bolsillo.

Tienen tus canas, volumen y dureza.

Desde hace años las encuentro fielmente,

pero nunca te había dicho.

Me sentía diminuto, mentira.

No te culpo por obligarme a mirar

las piernas del rocío antes de tiempo.

Te veo limpiar las aceras y los templos,

recoger las hojas del patio.

Dentro de tu dureza hay espuma y azúcar,

un miedo retorciéndose.

No te preocupes, prometo tender mi cama.

Tú no lo sabes, pero he inventariado tus ojos,

el brillo que tiembla dentro de ellos,

durante el día.

 


Néstor Mendoza (Maracay, Venezuela, 1985). Licenciado en Educación, Mención Lengua y Literatura por la Universidad de Carabobo. En el 2007 publica su primer libro titulado Ombligo para esta noche. Sus poemas y reseñas han aparecido en el suplemento literario Contenido del diario El Periodiquito de Aragua y en revista La Tuna de Oro (UC). Participa en el Taller Literario Hojas Sueltas de Mariara, Edo. Carabobo.  Ha asistido a eventos literarios y recitales en diversas regiones del país. Mantiene un blog titulado Lezámico (www.nestor-mendoza.blogspot.com).


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